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Transformación agrícola en la comarca de La Vega (Sevilla): el caso de La Rinconada

Transformación agrícola en la comarca de La Vega (Sevilla): el caso de La Rinconada

Transformación agrícola en la comarca de La Vega (Sevilla): el caso de La Rinconada

La proximidad al Río Guadalquivir, navegable hasta aguas arriba de la ciudad de Sevilla, y la fertilidad de las tierras asociadas al mismo, han hecho que la comarca de la Vega del Guadalquivir haya destacado desde la antigüedad por su alto valor agrícola.

Ya en la época romana, tras la conversión de la Bética en provincia de abastecimiento oficial de la metrópoli, el auge del comercio del aceite de oliva impulsó una economía local basada en el cultivo del olivo, que aunque tuvo su esplendor durante los siglos I y II d.C., se alargó hasta bien entrado el siglo V d.C. (Ordóñez Águila, 2004). Durante la época visigoda, tuvo lugar un auge del pastoreo y una marginación de las labores agrícolas, que volvieron a recuperar su importancia durante la dominación árabe (Nadal, 1980), período que en esta comarca se extendió entre 712 y 1245 (Valencia, 2004), fecha de la que data la creación del municipio de La Rinconada (Rincón, 1989).

Desde la caída del Imperio romano, la Vega había estado asociada mayoritariamente al cultivo del cereal, salvo en zonas localizadas junto al río donde se podían encontrar huertas y frutales introducidos por los árabes (Gamero & Parias, 2002). Tras la conquista castellana, y el consiguiente reparto de tierras entre los militares participantes, se instauró un modelo latifundista en el que se fue consolidando nuevamente, a lo largo de la edad media, el cultivo del olivo (Carmona, 2004). Fue éste el inicio de las llamadas “haciendas”, edificaciones destinadas a la producción de aceite cuya construcción se incrementó notablemente tras la conquista de América.


hacienda guzman

Hacienda Guzmán. Levantada en el siglo XVI, es sin duda el mejor exponente de las grandes haciendas olivareras de La Rinconada. Fuente: Linde Verde

Las terrazas del Guadalquivir, que hasta ese momento habían quedado prácticamente baldías, iniciaron su conversión masiva al olivar durante el siglo XVIII (Recio, 2004). De este siglo data el Catastro de Ensenada (1750) (Portal de Archivos Españoles [PARES], 2014), en el que figuran entre otros datos las superficies dedicadas a cada uso del suelo. En esa fecha, el olivar aún representaba tan sólo el 3% del territorio, cifra que iría aumentando notablemente en la siguiente centuria. Las tierras de siembra de cereal representaban el 22%, estando la mayoría del municipio ocupado por dehesas (55%) y el resto baldío (PARES, 2014).

 

Desde el siglo XIV se habían designado espacios de aprovechamiento comunal, para la obtención de madera y frutos silvestres, así como otras zonas dedicadas exclusivamente al alimento del ganado, las llamadas “dehesas boyales” (Carmona, 2004). En 1750 se conoce la existencia en nuestro ámbito de estudio de al menos dos dehesas comunales, siendo la Dehesa de Buitrago, con 400 ha, una de las que presentaba mayor extensión. En 1780, en connivencia con el Ayuntamiento de La Rinconada, esta dehesa fue apropiada por una acaudalada familia, cerrando su paso a los vecinos y transformando parte de ella, en años sucesivos, en un olivar (López Martínez, 2002). Una parte de esa dehesa comunal sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX, cuando la conversión de las tierras de secano en regadío terminaron de condenar a las encinas que la poblaban.

El inicio de esta conversión se debió a la construcción del Canal del Valle Inferior a principios del siglo XX, que implicó la transformación al regadío de aquellas zonas de vega situadas entre esta infraestructura hidráulica y el Río Guadalquivir. En ellas se plantó remolacha, para surtir la demanda de la industria azucarera que se instaló en el municipio en 1930, y cáñamo, para nutrir a una fábrica textil de nueva creación (Del Moral, 1991). Pero no fue hasta la década de los 60, con la construcción del Canal del Bajo Guadalquivir y el primer plan de desarrollo franquista (1964-1967), cuando gran parte de la superficie dedicada al olivar de secano se arrancó para dar paso a cultivos herbáceos de regadío.

Esta intensificación agraria, no sólo implicó la eliminación de los olivos, sino también la de muchas zonas de vegetación natural asociadas a ellos, que por una causa o por otra, habían sobrevivido a las roturaciones de los siglos anteriores.Entre ellas, la ya comentada Dehesa de Buitrago, de la cual aún se conservaban 320 ha de las 400 que tenía en 1780, y que estaba además rodeada de un interesante sistema de humedales que también desapareció tras la implantación del regadío (Fig.1).

Transformación de la Dehesa de Buitrago. E 1:30000 A la izquierda, 1956. A la derecha, 2014 Fuente: Linde Verde

Fig.1  Transformación de la Dehesa de Buitrago. E 1:30000 A la izquierda, 1956. A la derecha, 2014 Fuente: Linde Verde

Es innegable que la extensión del regadío ha supuesto un aumento de la productividad agrícola y ha generado riqueza en el municipio, creando directa o indirectamente puestos de trabajo. Pero la forma en que esta transformación se ha producido, ha implicado también una pérdida muy importante de capital natural.

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